Echando de menos
Caminó largo rato, durante horas, varios días, hacia dónde le llevó el camino. Lo hico con alegría, con seguridad. Con convencimiento. A cada paso, los árboles de su alrededor mudaban las hojas y, progresivamente, mudaban su aspecto hasta cambiar por completo el paisaje. De tanto en cuanto, aparecía a un lado un bonito túnel oscuro con el que pronto descubrió que era posible volver al inicio del trayecto. Una conexión de ida y vuelta. Algo con lo que visitar un tiempo anterior en el presente, para regresar al ahora de nuevo. Únicamente para recuperar alguna idea olvidada, alguna cosa útil o inútil absolutamente imprescindible en el ahora que se había dejado en el ayer. Pero aunque la perspectiva del camino era tentadora, maravillosa, perfecta; esas diminutas visitas al pasado le hacían echarlo de menos. Sus paisajes, sus incomodidades, sus aires. Pero eso quedaba atrás, así que continuó caminando con alegría y la seguridad de hacer lo que debía, echando de menos lo que dejaba atrás porque lo que había vivido, había valido la pena vivirlo y le había llevado dónde estaba.