Me he sentido triste durante un tiempo. Me he sentido triste y he reaccionado. Aunque aún me sobrevienen momentos angustiosos, me esfuerzo cada día por levantarme con una mayor sonrisa en mi cara, facilitar la vida a los demás, que no tengan que aguantar un ente deplorable y lastimoso vagando por sus vidas. Que altruista que soy! Así que he decidido tirar pa’lante, y he caído en el recurso fácil y penoso de reencarnarme en una cabeza pensante con actitud de quinceañera sin haber tocado aún la tumba. De pronto han empezado a sucederse momentos de exaltación de la amistad y otro tipo de exaltaciones varias que no vienen ahora a cuento, instantes lamentables que te recuerdan cada día que la juventud no dura para siempre de la manera más pésima posible. Viendo en el espejo la imagen que se refleja, algo desagradable, casi horrible, que me hace sentir fatal (como diría un quinceañero de los de mi época, hace unos años). La verdad es que la cosa no va tan mal. Confieso que me lo paso bien, me doy pena a veces, pero me lo paso bien. Aunque es desolador tener vergüenza ajena de uno mismo. Es un poco desesperante, he pasado de ser una persona triste para ser una persona desubicada, descontextualizada. Patética.